

En una mesa, el único cliente, un anciano que también observaba la televisión, comentaba con él, a voces, las incidencias del encuentro.
—¿Sabes si abren puntuales la iglesia de la Magdalena? —pregunté apoyando el codo sobre la barra.
Hice ademán de aclararle que se trataba de la iglesia de enfrente, pero ¿para qué?
Como ya eran las 16:30, apuré el último trago de aquel café intragable y me fui.
Según diversas investigaciones, este templo se relaciona con los Hospitalarios, los Templarios y también debió pertenecer a la Orden de San Juan de Jerusalén hasta el siglo XIX.

Una vez dentro, sentí el frío, la penumbra y el recogimiento de los templos románicos. A la izquierda, la guardesa, una chica, seguramente licenciada en historia del arte, sentada en un pupitre, leía bajo la luz de un viejo flexo. Tenía intención de hacerle varias preguntas, pero como ni siquiera se dio cuenta de mi entrada, decidí no molestarla y continuar mi visita.

Casi pegado al baldaquino del lado del evangelio se encuentra el espectacular monumento funerario levantado en memoria de una dama cuya identidad sigue siendo un misterio.

En la superficie del muro que queda a cubierto del dosel se colocaron varios relieves en los que se escenifica el tránsito del alma de la difunta hacia el cielo.
¿Quien era aquella dama? se ha especulado que pudiera ser Doña Urraca de Portugal, hija del primer rey portugués Alfonso I Enríquez y esposa de Fernando II de León y se han barajado otras candidatas.

No tengo ningún argumento científico que apoye mi teoría, además del nombre del templo, pero quiero pensar que se trata de un enigma por algún motivo de peso.
No es que yo sea muy religioso, pero siempre me han fascinado los personajes de la Biblia y, en particular, María Magdalena, porque estoy convencido que la imagen frívola y de mujer de mal vivir que siempre nos han intentado transmitir, es totalmente falsa.

Me gusta creer en teorías extraordinarias que den realmente importancia a los misterios de la vida.

Soy un iluso, lo sé, pero no puedo ser de otra manera, porque mi espíritu, como el de otros muchos, se alimenta de ilusiones.
Senén Villanueva Puente