domingo, 3 de marzo de 2019

LA BITÁCORA DE LOS ARCANOS. Los misterios de Antigüedad.

—Buenos días, vaya calor.
Saludé mientras entraba en el Bar Pajares, en Antigüedad, comarca de Cerrato, pueblo que un buen amigo me había recomendado visitar, en mi modesta búsqueda de sensaciones extrañas o misteriosas. El nombre me resultó tan extraño que cogí el macuto y me fui para allá.
—Y que lo diga —respondió amablemente el camarero—. De primavera total, esto no es normal aquí en Palencia, en pleno febrero.
Había preguntado a dos chavales por algún sitio donde tomar una caña, tras intentarlo en dos que llevaban décadas cerrados. Extremadamente limpio, el enorme local sabía a bar de pueblo de toda la vida, con sus mesas de mármol (o al menos imitación), su enorme barra de madera, su altísimo techo, su infinito arsenal de licores... Me acomodé en la barra, en el punto más cercano a la puerta.


—Ponme una caña, por favor.

Elegí tutearle porque me parecía joven, no más de cuarenta, bajito; con un gesto amable tiró la caña y me la acercó desde el otro extremo. Pudo haberse dedicado a cualquier tarea en la inmensidad del bar, sin embargo eligió quedarse cerca, escrutando el exterior.
—Si te pones al sol te tumba... y si te pones a la sombra te congelas...
Su afabilidad me inspiró confianza y creo que por eso le pregunté sin rodeos:
      —¿Qué hay de cierto en que aquí, en Antigüedad, pasan cosas misteriosas?
Metió las manos en los bolsillos y comenzó a balancearse sin apartar su mirada pícara de los ventanales.
Bar Pajares
—Bueno.... —al verme sonreír se relajó— ...no cabe duda de que algo hay —no tenía el acento duro de la gente de pueblo, más bien parecía de ciudad—, porque viene mucha gente, sobre todo a las ermitas. A la de Garón se acercan grupos enteros y se abrazan a los árboles, porque dicen que tienen una energía especial. Han venido hasta autobuses y todo. ¿Por qué me lo pregunta? 
—Uy perdone, que no me he presentado. Soy Senén Villanueva Puente, novelista; escribo aventuras para chavales, pero también artículos sobre cosas inexplicables —rotulé mi nombre en un trocito de papel—. Por si me quieres buscar en internet.
Ermita de Garón, entrada.
Esto me hizo recordar que no tengo tarjetas como escritor, sólo como abogado.
—A los buenos días, Roberto y la compaña... —un hombre se incorporó a la charla, más mayor, más curtido; el campo y el trabajo duro se notaban en su rostro y en su acento— ...pon un blanco aquí si me haces el favor, hombre.
—Mira, Domi te puede contar muchas cosas raras —aseguró el cantinero—, es de aquí de toda la vida.
     —¿Sabe usted de algún suceso extraño o inexplicable que haya ocurrido por Antigüedad? —decidí tratarle de usted; su aspecto más tosco parecía, al menos a primera vista, de pocas bromas.
—Para empezar, la fuente que está al lado de la ermita de Garón da un agua con propiedades rehabilitadoras para cualquier tipo de enfermedades —aseguró.
—Este amigo mío me dijo que su madre venía frecuentemente, no sólo a por agua de la fuente sino también a rezar a la Vírgen —confirmé—. De hecho, dice que sólo se encuentra bien tras visitar Antigüedad.
Ermita de Garón. Altar anexo.
—Que algo hay... que algo hay... esooo... ya te lo digo yo —Roberto salió al paso—. Mira Senén, aquí en la comarca, cuando alguien compra algo, por ejemplo un coche, lo primero que hace es subirlo a la ermita de Garón a bendecirlo. ¿Verdad o mentira, Domi?
—Verdad, verdad, es por la energía o lo que quiera que sea que hay por allí.
—Hay un escritor de esta zona que afirma que Antigüedad es un emplazamiento energético al nivel de Machu Pichu, o incluso Stone Henge.
La conversación estaba resultando harto interesante, así que decidí preguntarles por unos hechos que hasta a mí me resultaban ridículos.
—He leído que existen por aquí unas cuevas donde habita una colonia extraterrestre.
Pensé que había ido demasiado lejos y que a partir de ese momento ya no me tomarían en serio, me equivoqué.
—Bueno.... si, lo de los extraterrestres subterráneos —Roberto entró al capote—. Es otra de las historias que este escritor ha popularizado peroooo... si tú preguntas a cualquiera de por aquí te dirá que eso es todo fantasía.
Ermita de Garòn. Cruz.
—Pues será fantasía, pero hay una cueva al otro lado de la chopera que está enfrente de la ermita de Garón, que dicen que se interna entre los cerros y no se sabe dónde termina —nos sorprendió Domi—. Además, cuando yo era chaval un pariente mío vio las marcas de un ovni en las tierras —Roberto me miró como diciendo: este lo sabe todo—. Lo que pasa es que cuando fuimos a verlo ya no fuimos capaces de encontrar el lugar donde se había posado.
En ese momento entraron un grupo de personas y Roberto acudió a atenderlas amablemente, como no podía ser de otra forma. Me pareció que la complicidad de la conversación se había perdido, así que le pedí con un gesto que me cobrase las dos cañas que había consumido.
—Tienes más cosas que visitar, chaval —Domi se dio cuenta de que me iba—. Vete a ver el avión, la Cruz de la Muñeca y la bicicleta de Lance Armstrong. 
—Gracias Domi, ya tenía pensado hacerlo.
—Y lo más bonito de todo, si sigues el camino después de la Cruz de la Muñeca, verás una sabina gigantesca. No te la pierdas, sólo te digo eso.  

Area de los árboles energéticos.


Entre Roberto, Domi, un chaval llamado Álvaro y otros clientes del bar, se desvivieron por hacerme mil y un croquis para encontrar todos los lugares de los que habíamos hablado. Eso es lo que tiene la gente sencilla de la meseta, una amabilidad infinita.

Como el listado de lugares a visitar se salía de lo normal para un pueblo tan pequeño, hay que tener en cuenta que Antigüedad tiene unos 400 habitantes, decidí empezar por lo más cercano, el avión. Efectivamente, en la parte alta del pueblo, el Ejército del Aire, en homenaje a dos hijos ilustres de la localidad, los pilotos pioneros de la aviación militar española nacidos en la villa, los hermanos César y Augusto Martín Campos, que lucharon en la Guerra civil uno en cada bando, ha instalado un F4, con dos cojones. Bueno, la foto lo dice todo. 
Fuente de la ermita de Garón
Ascendí por la misma carretera dejando el pueblo a la espalda hasta que, unos cuatro o cinco kilómetros después, hallé la ermita de Garón. Desgraciadamente cerrada, a pesar de ser festivo. Se conserva muy bien y todos los años se celebra una romería el último domingo de mayo y el último de septiembre. Se levantó en el siglo XIII tras aparecerse la Virgen a un pastor llamado Garahón. Como no podía ser de otra forma, llené mi cantimplora con agua de la fuente que Domi afirmaba tener poderes curativos. Dice la leyenda que nace debajo de la propia ermita. Me abracé a todos los árboles del área recreativa frente a la ermita, buscando quizás encontrar el que me diese la suficiente energía para mi semana en el trabajo.

No me extrañó esta costumbre, lo hago constantemente cuando voy a la montaña, siempre que veo algún ejemplar centenario. Me senté en una de las mesas a degustar el bocadillo, regado con el agua mágica de la fuente. He de decir que si en todo mi periplo por Antigüedad sentí algo extraño, fue en ese momento. De repente, todo se detuvo, el aire, los pájaros, los insectos... un silencio que hacía retumbar los oídos se instaló en el ambiente. Así durante varios minutos. 


Ermita de Villella. Interior.
No me atreví a levantarme, ni siquiera a masticar. Sólo miraba a un lado y al otro buscando alguna referencia que me devolviese a la realidad. Miré mi teléfono, más que nada para ver a qué hora estaba sucediendo aquel extraño fenómeno, pero la pantalla estaba oscura y no se encendía a pesar de mis intentos. Entonces caí en la cuenta de que también el chorro de la fuente se había callado. Me levanté pensando que no podía ser cierto y encaminé mis pasos hacia ella. Desde lejos me daba la sensación de que el generoso hilo de agua se había paralizado.
A medida que me acercaba, sin pestañear, se confirmaba aquel extraño fenómeno. No podía ser, me acerqué más. Cuando estaba a la distancia exacta poder asegurar si el chorro discurría o no, entonces las hojas comenzaron a levantarse, empujadas por la brisa y dejé de escuchar los latidos de mi corazón retumbando contra mis tímpanos. Todos los sonidos volvieron a poblar el espacio con normalidad y el agua de la fuente a brotar con naturalidad. 
Ermita de Villella, entrada.
Tras unos instantes recuperándome del susto, decidí buscar la cueva de la que hablaba Domi, la que nadie sabía donde terminaba, pero no la encontré por ningún lado a pesar de que exploré convenientemente la zona. Volveré y la encontraré.
Abandoné aquel maravilloso paraje rumbo a la otra ermita, la de Villella.  Del siglo X, más modesta que la de Garón. Situada en un remoto paraje al que no se puede llegar por carretera, también estaba cerrada. Pude fotografiar el interior a través de una pequeña abertura en el portón de entrada. En su lateral izquierdo, existen unos interesantes restos de la iglesia prerrománica anterior y de antiguos enterramientos.
Ermita de Villella, restos arqueológicos.
El 24 de agosto de 1507, Juana la Loca, su hija de siete meses y el cadáver de Felipe el Hermoso arrastrado por cuatro caballos negros, caminaban por un sobrecogedor páramo cerrateño en las proximidades de Antigüedad. Según la leyenda, el féretro de Felipe el Hermoso cayó al suelo y la reina decidió perpetuar la memoria de este lance mandando poner una cruz de piedra en el lugar exacto de la caída. Esta cruz, de unos setenta centímetros de alta, se conoce como la Cruz de la Muñeca y aún puede verse junto al viejo camino de Tortoles, dentro de una finca de labor. Se llama así porque uno de los soldados trató de evitar la caída del féretro, rompiéndose una muñeca en el intento. Me costó encontrarla pero lo conseguí. Me senté al lado y me imaginé la escena como si yo fuera uno de los soldados que formaban el séquito y vi a la reina, casi tirándose de los pelos al ver el ataúd de su amado por los suelos. 
Ermita de Villella.
Domi y Roberto también me habían hablado de una enorme sabina que merecía la pena contemplar. Así que abandoné la Cruz y, siguiendo sus indicaciones, me adentré en el páramo por los caminos que, en su día, seguramente la la reina loca cabalgó. No hay problema, mi todoterreno está siempre hambriento de senderos. Me perdí, por supuesto, en varias ocasiones. A punto de perder la esperanza, observé a lo lejos a un joven realizando labores de poda al lado de un viejo Land Rover blanco. Me acerqué.
—¡Buenas tardes! —le grité porque con el ruído de la motosierra ni siquiera se había percatado de mi llegada—. ¡Hola! —agité los brazos.
El joven apagó el motor y se quitó los protectores auditivos.
—Perdone, con tanto ruido no le oía —se acercó—. Dígame, dígame, ¿se ha perdido?
Cruz de la Muñeca.
Aquel joven larguirucho era tan amable como los demás. En seguida lo dejó todo para ayudarme.
—Hola, perdona que te moleste. Es que estoy buscando una sabina centenaria que me han dicho en el bar del pueblo que está por aquí. Pero no la encuentro.
El joven sonrió, abrió los brazos y levantó la cabeza. Claro, con el ansia de encontrar mi objetivo, no me percaté de que la tenía encima. Miré hacia arriba y me di cuenta de que lo nos protegía del sol era la inmensa sombra de un árbol gigante. De sus leñosas ramas colgaban espesas melenas de vegetación que llegaban hasta el suelo como auténticas rastas. A pesar de la profunda poda a la que estaba siendo sometida, la inmensidad de su verdor lo cubría todo. El joven disfrutaba de mi asombro. 
Cruz de la Muñeca.
—Fijate, antes estos árboles poblaban los campos hasta donde alcanzaba la vista, pero claro, la mayoría de las casas de los pueblos de por aquí se han construído con su madera —su mirada se perdió en la melancolía—. Se ha roturado demasiado campo...
Entonces me dí cuenta de que, efectivamente, dispersos por aquí y por acullá, preciosas sabinas, no tan magníficas como aquella, embellecían aquel desolado paraje.
—¿Conoces el torreón? —cambió de tema.
—Nadie me ha hablado de ningún torreón —arqueé las cejas.
Con Dani, bajo la sabina.
Me despedí de Dani, que así se llamaba, dándole las gracias por su amabilidad, tan común en esta tierra y, siguiendo sus indicaciones, me dispuse a buscar el extraño torreón del que me había hablado. ¿Un vértice geodésico en medio de aquella vasta planicie? Todos mis esfuerzos en vano; tras perderme de nuevo varias veces, tuve que abortar la misión pues no fui capaz de encontrarlo y se me hacía tarde.
Muchos cruces de caminos después, conseguí salir a una carretera general y entonces me encontré con el famoso monumento a Lance Armstrong. Una bicicleta encima de un poste metálico señala el lugar donde se cayó el famoso ciclista en una etapa de la Vuelta que pasó por Antigüedad.
Sabina.
Me alejé recordando a los amigos que, seguramente volveré a ver, porque me han quedado varios enigmas pendientes: Tengo que encontrar el misterioso torreón del que me habló Dani. Ni qué decir tiene que la cueva de la ermita de Garón también queda pendiente y lo más importante de todo; en mi próxima visita dispondré de todo lo necesario para realizar grabaciones nocturnas en las dos ermitas. Sé de buena tinta que los entes que vagan entre los mundos son proclives a dejar sus psicofonías por allí. 


Un abrazo muy fuerte a Roberto, del Bar Pajares, a Domi, a Álvaro y a Dani por ser tan amables con un extraño. Nunca les olvidaré.

Por cierto,  todavía no sé hasta qué punto el agua de la fuente de Garón tiene propiedades mágicas, lo que si sé es que es deliciosa.

Senén Villanueva Puente 




























lunes, 20 de agosto de 2018

LA BITÁCORA DE LOS ARCANOS. El Túnel número 20.

 No soy una persona escéptica. Desde niño siempre he tenido una tendencia inclinada hacia la aceptación de ciertas realidades que nos resultan difíciles de comprender. Esto no significa que dé por buena la inmensa montaña de patrañas e invenciones con las que, con el único fin aumentar la audiencia, nos intentan drogar a través de los medios de comunicación.
Me resulta simplemente ridículo pensar que sólo existe lo que podemos captar o explicar, cuando un perro doméstico normal y corriente puede percibir, a través de su olfato, una gama de olores inmensamente más amplia que un ser humano. Qué decir de los animales que captan frecuencias de sonidos o colores que nosotros ni siquiera somos capaces de imaginar.
Creo a pies juntillas que lo que conocemos y podemos explicar es una mera pompa de jabón minúscula perdida en todo un universo desconocido que la rodea. 
Aun así, he de reconocer que mis creencias no se basan en experiencias vividas pues, salvo en contadísimas ocasiones (hoy hablaré de una de ellas) no he tenido la suerte de toparme, en persona, con ninguna circunstancia llamemos… inexplicable a todas luces. Mis convicciones se basan en la pura lógica y que me perdonen algunos de mis buenos amigos. Sí, en una lógica aplastante. ¿Cómo es posible pensar que sólo existe lo que percibimos? Desde el punto de vista de la lógica resulta insultantemente ridículo.
Con estas ideas revoloteando por mi cabeza, aparqué mi coche en las cercanías de la estación de Torre del Bierzo, con el fin de visitar el sitio exacto donde, el día 3 de enero de 1.944 tuvo lugar el horrible accidente en el que perdieron la vida entre 500 y 800 personas, según los últimos estudios, aunque la dictadura franquista dejó la cifra oficial en 78.
Mi objetivo, el de siempre: sentir algo diferente.
El correo-expreso nº 421, procedente de Madrid y con destino La Coruña, por problemas en los frenos, no pudo detenerse en el apeadero de Torre del Bierzo y entró a toda velocidad en el túnel número 20, unos metros más adelante, estrellándose en su interior contra una máquina de maniobras. A consecuencia del brutal impacto, se declaró un incendio en el interior del túnel. Para mayor desgracia, un tren carbonero que subía en dirección contraria, a pesar de las señas del maquinista de maniobras que había sobrevivido al primer choque, no pudo detenerse y fue engullido por aquel infierno, produciéndose una segunda colisión en la que también falleció, de rebote, el operario que trataba de avisarles.
El túnel ya no existe. Las vías siguen pasando por el mismo lugar, pero esa curva ahora es una trinchera. Se pueden apreciar todavía los indicios paisajísticos de la montaña que existía encima.
Paseé por el andén vacío con la mirada siempre fija en la fatídica curva, tratando de imaginarme la descomunal escena… el tren pasando a toda velocidad por delante de mí y siendo engullido por la oscuridad de aquella montaña… entonces observé que, desde un camino cercano, tres mujeres de avanzada edad se acercaban paseando en chándal, sumidas en una alegre conversación. No me pude contener y las abordé comentando que hacía un día precioso para caminar (en realidad la mañana era gris, triste y plomiza).
—Tú necesitas gafas, rapaz —respondió sonriendo, con un fortísimo acento gallego, la que parecía más joven.
Les expliqué el motivo de mi estancia allí y la más bajita, también la más mayor, tomó rápidamente la palabra, tornando bruscamente su gesto alegre en un rostro que pareciese haber sobrevivido a una guerra.
—Yo era una niña… salimos todo el pueblo a ayudar… la gente sacaba agua del río con todo lo que tenía a mano, cubos, bolsas, garrafas…
Hizo una pausa para poder respirar; por su pómulo resbalaba una lágrima.
—Se oían gritos horribles dentro del túnel… también disparos. Unos decían que eran las armas de los soldados que iban en el tren, que con el calor se disparaban. Otros decían que simplemente se suicidaban para no morir quemados. Mi padre contaba que por entre las rendijas de los vagones salía la grasa derretida de las personas…
Entonces empezó a hacer gestos con la mano como que no le llegaba el aire para poder seguir.
—Tranquila —traté de reconfortarla—, no hace falta que me cuente más.
—No, no pasa nada… —volvió a realizar una profunda inspiración al tiempo que se enjugaba las lágrimas.
—Poco más le puedo contar. A los niños no nos dejaron estar allí mucho tiempo. Eso sí, cuando nuestros padres se despistaban salíamos de las casas y veíamos cómo sacaban los cuerpos carbonizados (Torre del Bierzo fue construido todo él mirando hacia la estación, en el fondo del valle).
Las tres mujeres se alejaron vías arriba; las dos más jóvenes abrazando y consolando a la otra. Me sentí mal por haberles hecho revivir aquellas terribles escenas.
Dado que aproximarme al lugar del accidente caminando por las vías es ilegal, además de tremendamente peligroso, tomé un camino que parecía ascender hasta la parte superior de la trinchera, para así poder tener una panorámica desde lo alto. El sendero, tras unos minutos de ascenso, inesperadamente descendía entre la maleza, en pronunciada pendiente, hacia las vías. Comencé a encontrarme mal, de repente. Mientras bajaba, una inmensa sensación de angustia y nerviosismo me invadió. Tras un buen rato de camino entre matorrales me encontré, de bruces, a escasos cuatro o cinco metros del lugar de la tragedia. Me situé al borde de un muro de unos tres metros de altura y allí, delante de mí, el punto fatídico de la curva. Me encontraba en el lugar donde cientos de personas habían perdido la vida sufriendo horriblemente. Tres o cuatro arcadas vacías convulsionaron mi cuerpo, supongo que como consecuencia del nerviosismo. La tristeza que me atenazaba era tal que me temblaban las piernas y me tuve que sentar unos minutos. Aquellas sensaciones no me abandonaron durante el rato que estuve allí; sólo cuando me fui se fueron disipando, gradualmente, a medida que me alejaba.
Es evidente que todo lo que sentí podría haber sido producido por la sugestión. La conversación con las mujeres pudo, sin darme cuenta, mentalizarme para esas sensaciones. ¿Podría estar predispuesto? Por supuesto que sí. Es incuestionable que todo lo que nos rodea nos impregna y predispone. Sin embargo yo creo que no es eso lo que me ocurrió. He estado en muchos lugares parecidos, con una predisposición mucho mayor y no he sentido nada digno de mencionar.
No soy un médium ni un vidente ni nada parecido. Simplemente pienso que, en aquel momento, por motivos que no puedo comprender, conecté con el malestar que, sin lugar a dudas, permanecerá para siempre en aquel lugar, nada más. 
¿Acaso suena tan descabellado?

Senén Villanueva Puente